sábado, 15 de septiembre de 2018

Las Guerras de los Estados Unidos

Las guerras de los EEUU


 


Sabemos que los EEUU tienen el ejército más poderoso de la tierra y han intervenido en una multitud de conflictos durante mucho tiempo en una gran cantidad de países del mundo. Entonces surgen las siguientes preguntas: ¿Era realmente beneficioso o siquiera necesario para los estadounidenses participar en todas esas guerras? ¿Qué ganó y qué perdió el ciudadano de los EEUU con esas guerras? 




Para estudiar este tema, que es esencial, vamos a ver un gran trabajo al respecto realizado por el general Smedley Darlington Butler, que en mi opinión resulta una persona con la suficiente autoridad y conocimientos para aclararlo.


El general Smedley Butler
Nació en 1881 y murió en 1940, fue uno de los militares más condecorados de la época. Participó en muchas acciones en Cuba, en la Guerra Hispano-Estadounidense; en las Filipinas durante la Guerra Filipino-Estadounidense; en China contra el levantamiento de los Bóxers; las Guerras bananeras en Honduras –1903– y Nicaragua –1909 a 1912–; la toma de Veracruz en la Revolución Mexicana –1914–, donde obtuvo su primera Medalla de Honor del Congreso de los EEUU. 

En 1915 participó en la ocupación de Haití, en donde obtuvo su segunda Medalla, participó en la Primera Guerra Mundial y finalmente nuevamente en China. En 1931, unos comentarios sarcásticos sobre B. Mussolini, provocaron la protesta pública de la Embajada Italiana y le convirtieron en el primer oficial general en ser puesto bajo arresto desde la Guerra Civil americana. Este incidente, probablemente le costó –o al menos, no le facilitó– alcanzar el puesto de comandante del Cuerpo de Marines. En 1932, apoyó la marcha de veteranos, en el incidente conocido como “Bonus Army”, que culminó con la disolución de la marcha por las tropas al mando de Mc Arthur. Lo que básicamente reclamaban los antiguos soldados era una pensión y una atención sanitaria para los que habían quedado con problemas físicos o psíquicos por causa de la guerra. Dicha defensa de los derechos de los veteranos le convirtió en un personaje con bastante influencia.  

En 1934 denunció en el Congreso el llamado “Complot de los Negocios”, que según declaró era una maquinación para derrocar al presidente Roosevelt y estaba organizada por un grupo de poderosos empresarios y financistas. Testificó ante el comité Mc Cormack-Dickstein, pero los congresistas no encontraron suficientes elementos para actuar contra los supuestos conspiradores –esta opinión aún hoy resulta muy controvertida–. Después de retirarse en 1935 del Cuerpo de Marines, escribió su famoso libro “La guerra es una estafa”, en el que denuncia el uso de las fuerzas armadas de los EEUU para el beneficio de Wall Street.

Entre las frases famosas del General podemos resaltar la siguiente:

“Nos ha ido bastante bien con Luisiana, Florida, Texas, Hawai y California y el Tío Sam puede tragarse a México y Centroamérica, con Cuba y las islas de las Indias Occidentales como postres y sin intoxicarse”. 

En Cunnecticut, el 21 de agosto de 1931, el General Butler pronunció un sorprendente discurso ante los miembros de la American Legion, dijo en esa ocasión: “He servido durante treinta y tres años y cuatro meses en la unidad más combativa de las Fuerzas Armadas estadounidenses: la Infantería de Marina. Presté mis servicios en todos los rangos de la oficialidad , desde subteniente a hasta mayor general. Tengo el sentimiento de haber actuado durante todo ese tiempo como bandido altamente calificado al servicio de las grandes empresas de Wall Street y sus banqueros. En pocas palabras he sido un pandillero al servicio del capitalismo. 

De tal manera en 1914 afirmé la seguridad de los intereses petroleros en México, Tampico en particular. Contribuí a transformar a Cuba y Haití en países donde la gente del National City Bank podía birlar tranquilamente los beneficios. Participé en la limpieza de Nicaragua, de 1909 a 1912, por cuenta de la firma bancaria internacional Brown Brothers Harriman. En 1916, por cuenta de los grandes azucareros norteamericanos, aporté a la República Dominicana la 'civilización'. En 1903 'enderecé' los asuntos en Honduras en interés de las compañías fruteras norteamericanas. En 1927, en China, afiancé los intereses de la Standar Oil”. 

Funeral de miembros del Cuerpo de Marines de los EEUU en Managua, 1931.
“Fui premiado con honores, medallas y ascensos. Pero cuando miro hacia atrás considero que podría haber dado algunas sugerencias a Al Capone. Él, como gánster, operó en tres distritos de una ciudad. Yo, como Marine, operé en tres continentes. El problema es que cuando el dólar americano gana apenas el seis por ciento, aquí se ponen impacientes y van al extranjero para ganarse el ciento por ciento. La bandera sigue al dólar y los soldados siguen a la bandera”.

Escribió el famoso libro: “la guerra es una estafa”, que consta de cinco capítulos:

1. La guerra es una estafa.
2. ¿Quién recibe las utilidades?
3. ¿Quién paga las cuentas?
4. Cómo acabar con esta estafa.
5. Al diablo con la guerra.

En el primer capítulo define a la guerra como una estafa porque los verdaderos motivos por los que se genera es algo que no es lo que le parece a la mayoría de la gente, ya que solo un grupo pequeño de privilegiados sabe de qué se trata realmente. También explica que es el beneficio de unos pocos a costa de la mayoría del pueblo, la estafa más antigua, rentable y cruel, en la que los beneficios se cuentan en dólares y las pérdidas en vidas humanas.

También explica que los ciudadanos americanos son los que pagan la factura de las guerras, además de participar en ellas con las consecuencias desastrosas en cuanto a mortandad, poblemas psicológicos, cuerpos despedazados y otras heridas físicas que les quedan a una gran parte de los combatientes. Incluso menciona que en aquel momento acababa de visitar 18 hospitales para veteranos de guerra, en los que había un total de unos 50 mil hombres destruidos, hombres que habían sido lo mejor de la nación hacía dieciocho años –Primera Guerra Mundial–. Entonces explica la dramática situación en que estaban, ya sea los mutilados como los que tenían problemas psíquicos, muchos de los cuales habían quedado en un estado de demencia tan terrible que debían de permanecer encerrados.  



Butler demuestra con las cifras como se endeudaron los EEUU en sus guerras y el gasto 
que ocasionaron, con la correspondiente ruina económica. Hace un estudio económico financiero de cómo se enriquecieron las empresas que participaron en las contiendas, ya sea siendo proveedores o financiadores, publicando los resultados en las épocas de paz más próximas a la guerra y los de los años de enfrentamiento bélico –en todos los casos tuvieron un crecimiento geométrico de sus utilidades–. También estudia las compras de una gran cantidad de material que jamás se usó. A modo de ejemplo citaremos:

La empresa “Du Pont”, que fabricaba la polvora, de 1910 a 1914 ganó un promedio anual de 6 millones de dólares; en la guerra, 58 millones de dólares por año. La empresa “Bethlehem Steel”, que fabricaba municiones en la guerra, pasó a ganar 48 millones de dólares de promedio anual.

La empresa “United States Steel”, de 1910 a 1914 ganó en total 105 millones de dólares y durante la guerra un promedio anual de 240 millones de dólares. La empresa “Anaconda”, promedio anual en los cinco años anteriores a la guerra 10 millones de dólares, en la guerra un promedio anual de 34 millones de dólares. También menciona los casos de las siguientes compañías: Utah Cooper, Central Leather Company, General Chemical Company, International Nickel Company, American Sugar Refining Copany, etc.

Anaconda Copper Mining Company en Montana.
Batler menciona en este libro que los que más ganan con las guerras son los financiadores (los banqueros),  incluso hace un análisis de una de sus estafas: los Liberty Bonds –emitidos por el Gobierno Federal de los EEUU para financiar su participación en la Primera Guerra Mundial–, que fueron comprados por el público al precio de 100 dólares cada uno y los vendieron tiempo después a 84 dólares. Aquí los banqueros ejecutaron una manipulación muy simple: como son los que controlaban los mercados de valores, para ellos fue fácil deprimir el precio de esos bonos. 

Al caer, a todos los pequeños inversores les entró el pánico y vendieron a 84 u 86 dólares, por supuesto que los compradores fueron los propios banqueros. Acto seguido estos mismos banqueros estimularon un auge, como resultado del cual los bonos se cotizaron a la par y, finalmente, se vendieron por encima de su valor original de cien dólares. De esta manera los banqueros cobraron sus obscenas utilidades –propia maniobra de lo que realmente son: especuladores, que ganan dinero timando a los demás–. Adicionalmente hace un repaso de en qué condiciones quedan muchos de los veteranos, de los muertos y de todo el desastre humanitario. 

Promueve la utilización del ejército solo en funciones defensivas, por tanto, sin salir del país. Y en caso de que se quisiese combatir en el extranjero, propone que las personas que tuviesen que ir a la guerra aprobasen o no, mediante su propio voto, esta participación.


¿Quién se benefició y quién se perjudicó con la Declaración de Independencia de los EEUU?        

Siendo los EEUU la gran potencia actual, parecería una respuesta obvia que el gran beneficiado de la independencia fueron los ciudadanos norteamericanos, pero, si lo analizamos bien, aparecen las primeras dudas.

 Marines de EEUU en campos de entrenamiento en Salinas, Puerto Rico.
Fue una revolución masónica, por tanto, estuvo financiada y promovida por los intereses de la gran banca internacional. Antes que nada, hay que decir que no todos los masones siguen a pie juntillas las órdenes de la gran banca, por lo menos conscientemente, pero como estos financieros son los que costean las logias es lógico que hagan todo lo posible para dominarlas. Una manera de tenerlas controladas es colocar en los puestos claves a personas que les ayudan a lograr esos objetivos –serían los masones de grado más elevado–. Si bien ese éxito se alcanza con el transcurrir del tiempo y a veces hay temporadas que no se logra, pero si hay algo que tienen es paciencia, no importa lo que se tarde, el asunto es lograrlo.

Lo explicado en el párrafo anterior queda perfectamente demostrado en los EEUU, donde hoy impera un sistema de dinero deuda –antes de llegar a este régimen hubo épocas que lo hubo y otras que no–. Los banqueros dueños de la Reserva Federal de los Estados Unidos actualmente no sólo tienen poder respecto a ese país, sino que ese dominio es mundial y en buena medida –por no decir toda– utilizando al ejército de EEUU como la fuerza que se precisa para hacer cumplir al resto del mundo la reglamentación que ellos mismos han creado –como explicó Butler es el ejército privado que precisan para hacer cumplir los compromisos contractuales que les son impuestos–.

En resumidas cuentas, hoy la gran banca internacional posee el monopolio de la fabricación del dinero en los EEUU y esta moneda es la que se utiliza a nivel mundial –como moneda de cambio en el comercio y transacciones financieras internacionales–. 

Este propio poder financiero impone el cumplimiento de unas normas ideadas por ellos mismos. Para que estas reglas tengan aplicación legal, como toda ley, precisan de un poder coercitivo, que no es otro que el ejército de los EEUU –las fuerzas armadas más poderosas de la tierra–. Como hemos visto, esto que menciono ahora, el general Butler ya lo había advertido en 1935.

Después de todas estas explicaciones no cabe duda de que el que más se benefició con la independencia de los EEUU fue y es la gran banca internacional, que posee la Reserva Federal. ¡Y eso que solo hemos visto la parte más importante de su negocio, pero hay mucho más! –sus tentáculos abarcan un sinfín de actividades adicionales al sector financiero, muchas de ellas realizadas monopólicamente u oligopólicamente–.

La mayoría de los historiadores justifican como el motivo que originó la independencia de los EEUU respecto de Inglaterra, fue el establecimiento de unas nuevas cargas fiscales –Leyes Townshend–, aunque, si lo analizamos con más detenimiento, el verdadero origen fue la Ley del Té, que anulaba una gran cantidad de cargas fiscales a ese producto. Esto quiere decir que el principal motivo de la Declaración de la Independencia fue que algunos contrabandistas vieron que su negocio se iba al garete porque una ley anulaba un impuesto que era básico para poder ganar dinero. 

Visto de esta manera, las cosas cambian mucho, pues no se luchó contra la opresión sino en favor del estatus de los contrabandistas, una actividad que hubiera sido ilegal en cualquier parte del mundo.


Incluso hay que reseñar que en cuanto Hamilton creó el Banco de los Estados Unidos las cargas fiscales aumentaron –nuevos impuestos para la importación de alcoholes y también nuevas cargas que grabaron la destilación de Whisky en el continente–. Por tanto, después de la Guerra de la Independencia no bajaron los impuestos sino que aumentaron, probablemente por la ruina económica que propició el conflicto, que para mayor desgracia también deparó una lamentable pérdida de vidas humanas. Para completar el desastre hay que contar que la guerra originó un gran endeudamiento y, posteriormente, tal vez para perfeccionar la ruina, se creó un banco central privado con dinero deuda en el primer gobierno del nuevo país.

Después de los veinte años que duró el Banco de los Estado Unidos, nuevamente hubo otra guerra contra Inglaterra. ¿habrá tenido algo que ver Nathan Rothschild? Que supuso más ruina, destrucción, muerte y aumento de la deuda. Para colmo, posteriormente se volvió a instalar el dinero deuda con banco central privado. En estas circunstancias, y considerando las guerras que los habitantes de este territorio debieron enfrentar, cuesta trabajo poder concluir que los ciudadanos se beneficiaron con la naciente orientación política del país.

Después del establecimiento del definitivo banco central privado –la Reserva Federal– y hasta el afianzamiento del dólar como moneda de cambio internacional, las guerras continuaron y casi podemos concluir que los EEUU fue el país que más guerra tuvo desde su fundación.

Como dijo Butler, el gran perdedor de las guerras es el ciudadano norteamericano, porque las tropas se nutren de esa población, lo que le origina una gran pérdida de vidas humanas, la mutilación de otros muchos soldados y la enajenación mental de otros tantos. Para colmo, los enormes gastos que origina una guerra también corren a cuenta de los ciudadanos, incluso las deudas que se generan. Y hay que aclarar que los botines de guerra no van para la población, sino que se los quedan las empresas por las que se hace la guerra. En definitiva, los que ganan dinero son les que le proveen material al Estado para hacer la guerra –como Butler demostró: sus beneficios aumentan geométricamente– y los propios banqueros que financian las guerras –hay que decir que también son dueños de las empresas más importantes que proveen pertrechos y material de guerra a los EEUU–.

El gran beneficio que tiene el ciudadano de los EEUU es que ese país puede tener un gran déficit en su balanza de pagos –de hecho, tiene el mayor del mundo–, y lo puede cubrir la Reserva Federal con la emisión de dólares, lo cual es una ventaja comparativa muy importante respecto a otros países. Aún así, en este caso el que hace el verdadero negocio es la Reserva Federal que pinta unos papelitos que se los entrega al estado dándoles un valor y devengando un interés, que, como no podía ser de otra manera, para pagarlo la Reserva Federal deberá pintar más papelitos y a su vez comenzará otra rueda de más intereses y más emisión. Después de esta explicación surge una pregunta en consecuencia: ¿Realmente se ha terminado con la esclavitud en el mundo?



sábado, 18 de agosto de 2018

Independencia de los Estados Unidos




  
La independencia de los EEUU





La independencia de los Estados Unidos fue la primera revolución masónica, ya que la firma de la Declaración se produjo el 4 de julio de 1776 –una década antes que la Revolución Francesa–. La mayor parte de los firmantes de este documento que luego se destacaron en la guerra y los primeros gobiernos del país fueron masones. El sistema de gobierno, derechos y libertades que se establecieron en la Constitución que se promulgó el 17 de septiembre de 1787 estuvieron en concordancia con los ideales de los filósofos ilustrados, también masones, de la época.

El gran héroe de la revolución fue George Washington, pues fue el Comandante del Ejército revolucionario en la Guerra de Independencia –1775 a 1783– y el primer Presidente del país –1789 a 1797–, además, dio nombre a la ciudad que se fundó como capital de la nueva nación. Washington fue un reconocido masón, se había unido a la logia Masónica en Fredericksburg, Virginia, a la edad de 20 años, en 1752. Apoyó a las logias masónicas que se crearon dentro de los regimientos de su ejército. En su primera toma de posesión, el Presidente Washington juró sobre la biblia de la Logia de San Juan en Nueva York. Al retirarse, Washington se convirtió en la carta principal de la recién creada Logia Alejandría número 22.

Otros destacados personajes que firmaron la Declaración de la Independencia y luego alcanzaron gran notoriedad en la política de EEUU y que también pertenecían a la Masonería fueron:

1. John Adams: vicepresidente de George Washington y segundo Presidente de los EEUU –1797 a 1801–, ayudó en la redacción de la Declaración de Independencia, fue uno de los firmantes del Tratado de París –1783–, que se acordó con Gran Bretaña y determinó el fin de la Guerra de Independencia; 2. Thomas Jefferson: tercer Presidente de los EEUU –1801 a 1809–. Fue el principal autor de la Declaración de independencia. Primer secretario de Estado –1789 a 1793 –; 3. James Madison: cuarto Presidente de los EEUU –1809 a 1817–. Redactor de la Constitución de los EEUU; 4. Alexander Hamilton: primer secretario del Tesoro de los EEUU y que además tuvo un papel muy activo en el campo militar durante la Guerra de la Independencia; 5.  Robert Morris: fue el encargado de las finanzas para la Guerra de Independencia. En su vida privada fue un relevante tratante de esclavos; 6. Benjamín Franklin: genial inventor. Participó en la redacción de la Declaración de Independencia y de la Constitución de los EEUU. Fue embajador itinerante, logrando el apoyo de Francia para la causa independentista. Firmó el Tratado de París; 7.  Peyton Randolph: Presidente del Congreso Continental –1774–.






¿Por qué empezó la revolución?

Un poco antes de la independencia de las colonias, Inglaterra se había enfrentado a Francia y España en la guerra de los siete años –1754 a 1763– y los había vencido. Parte de esta guerra se había desarrollado en América del Norte, donde Inglaterra tenía sus colonias y Francia las suyas, entonces hubo un gran aporte de las trece colonias para ayudar a Gran Bretaña, tanto en hombres como suministros y logística. Como resultado de esta guerra, Francia perdió una enorme extensión de territorio que tenía en América –Canadá, territorios al este del río Misisipi, excepto Nueva Orleans, isla de Cabo Bretón, Dominica, San Vicente y Tobago–. Sin embargo, la financiación de esta guerra dejó a la economía inglesa en un estado financiero angustioso, recordemos que desde 1694, en Gran Bretaña funcionaba el sistema de dinero deuda con el Banco de Inglaterra, que actuaba como una sanguijuela chupando una parte muy importante de las riquezas del Reino.

En 1765 Inglaterra estableció un nuevo impuesto para paliar la dificultad financiera que tenía; la Ley del Timbre, que gravaba a todos los papeles que se utilizaban para realizar cualquier contrato, sin embargo, este tributo no fue aceptado por los habitantes de las colonias y ante las protestas y los boicots fue derogada en 1766. Hay un dato que también incidía en el rechazo de las leyes que provenían del Parlamento Británico y era de que no había ningún diputado que representase a los habitantes de las colonias, además, habían hecho un importante esfuerzo durante la guerra de los siete años y cuando finalizó en vez de encontrarse con mejores perspectivas, se toparon con aumentos de impuestos.

Festejos del 4 de Julio
En 1767 el secretario del Tesoro del gobierno de William Pitt en Inglaterra, era Charles Townshend, que estableció que las colonias deberían pagar la mantención de las tropas británicas establecidas en el continente americano. Por tanto, impulsó las leyes que se llamaron con su nombre, que pusieron una serie de tributos a la importación desde Inglaterra de una gran cantidad de mercancías: té, plomo, pintura, papel y vidrio.

Entonces, algunos habitantes de las colonias propiciaron el contrabando del té –lo compraron a los holandeses que lo traían de sus colonias–, lo que originó una gran pérdida para la compañía inglesa que traía ese producto de China. Las ventas de té por parte de la compañía británica cayeron de 145.000 kg a 240 kg. En 1773 esta compañía tenía una gran cantidad de deudas, grandes stocks de té en sus depósitos y ninguna perspectiva de ventas, ya que los contrabandistas –uno de los más importantes se llamaba Hancock y su abogado era el futuro presidente John Adams– importaban el té sin pagar aranceles. Entonces el gobierno británico aprobó la Ley del Té, que permitió a la compañía inglesa de las Indias Orientales vender té a las colonias sin pagar ningún arancel o impuesto de aduanas a Gran Bretaña, a cambio de pagar el arancel colonial, que era mucho menor. Esta suspensión de impuestos permitió a la Compañía vender a precios menores que los ofrecidos por los contrabandistas.

Esta suspensión no gustó nada a los contrabandistas, que, después de un tiempo de próspera actividad, habían alcanzado un estatus social elevado. Por tanto, en Boston les exigieron a los representantes y consignatarios de la compañía británica que abandonasen sus puestos y a los que dudaban los atemorizaron con ataques a sus depósitos e incluso a sus casas. El punto culminante a estos ataques sucedió en diciembre de 1773, cuando unos colonos vinculados a los contrabandistas se disfrazaron de “indios” y subieron a barcos fondeados en el puerto de Boston, para finalmente arrojar sus cargas al mar –unas 45 toneladas de té, incluso flotó este producto por las aguas durante varias semanas–.

Ante estos hechos, el gobierno inglés cerró el puerto de Boston, instaurando las leyes conocidas como intolerables. Estas medidas podrían parecer exageradas, pero hay que recordar que el motín del té fue la gota que rebasó el vaso, ya que los conflictos violentos se habían desatado desde hacía tiempo.  En 1774, ante el cariz que estaban tomando los acontecimientos, se reunió en Filadelfia el primer Congreso Continental –los representantes fueron elegidos por los cuerpos legislativos de las colonias–, que reconoció el derecho del Parlamento británico a regular el comercio exterior de las colonias, pero se defendió el derecho de los norteamericanos a manejar sus propios asuntos internos. Por supuesto, esta resolución no fue aceptada por el gobierno inglés y fue el punto de partida que llevaría a la Guerra de la Independencia.  



Apoyos a los independentistas en la Guerra contra Gran Bretaña


Apoyo francés
Francia fue la primera aliada de los EEUU en cuanto efectuó la Declaración de Independencia, así se firmó en 1778 un tratado de apoyo militar. Benjamín Franklin fue el embajador estadounidense ante Francia de 1776 a 1778, conociendo a los principales diplomáticos, intelectuales, científicos y financieros. Sus escritos e imagen cautivaron a la sociedad francesa y resultó clave para lograr el apoyo. Aunque Francia estaba muy interesada en enfrentar a Inglaterra para vengarse de la derrota en la Guerra de los Siete Años y recuperar territorios en América.

Antes del tratado, los agentes del Congreso reclutaron en París a varios oficiales para el Ejército Continental, entre ellos el Marques de Lafayette, de tan solo 20 años, que sirvió con distinción de General. Este noble era un destacado miembro de la masonería francesa y fue uno de los militares más próximos a George Washington. A partir de la declaración de guerra a Gran Bretaña por parte de Francia, la financiación, las municiones, los soldados y las fuerzas navales de este aliado de los EEUU resultaron esenciales para la victoria. Sin embargo, Francia ganó muy poco, a excepción de grandes deudas, que paradójicamente propiciaron la segunda revolución masónica: la Francesa.

Apoyo español
La posición de España fue desde un principio de ayuda a las colonias americanas. En un primer momento, de forma oculta, financiando parte de los gastos –se hicieron llegar suministros desde los puertos Nueva Orleans, a través del río Misisipi, también desde La Habana y Bilbao–.


Bernanrdo de Gálvez
En 1779, a través del tratado de Aranjuez, España se unió con Francia y le declaró la guerra a Inglaterra. En cuanto a participar en esta contienda, había dos posiciones enfrentadas, por un lado, el Conde de Floridablanca, que no estaba muy de acuerdo, ya que España también poseía colonias en América y temía que la independencia de las trece colonias produjese un efecto contagioso en los territorios del Reino en ese continente. La otra opinión que aconsejaba al Rey, era la del Conde de Aranda, destacado masón y embajador en Francia, que propiciaba la entrada de España en el conflicto para recuperar territorio os y vengarse de la derrota en la Guerra de los Siete Años. Finalmente, el rey Carlos III, optó por seguir el consejo de este último. Durante el transcurso de esta guerra, el almirante español Luis de Córdova capturó un convoy de 63 barcos británicos con destino a las colonias, con sus bodegas cargadas de suministros para la guerra. Además, se recuperó Menorca –que estaba en poder de los ingleses– en 1781.

En el continente americano, el gobernador de la Luisiana española, el Conde Bernardo de Gálvez, dirigió ofensivas contra los fuertes británicos que se habían establecido en el Misisipi. Produciéndose la caída de Fort Bute, la victoria en la batalla de Baton Rouge, así como la conquista de Natchez y Mobile. También se atrevió a lanzar una ofensiva contra Pensacola, pasando a ser territorio español en 1781 y cerrando así cualquier intento de ofensiva británica a través del río Misisipi.

Esta guerra le deparó importantes concesiones de territorios y un gran gasto, que dejó a las arcas un tanto maltrechas. Pero lo peor fue que finalmente esta primera revolución resultó el punto de partida para que a principios del siglo XIX se declarasen las independencias de los territorios españoles en América.

Apoyo holandés
Lo realizaron a última hora, con la ambición de ganar posiciones por el dominio de los mares, aunque a diferencia de Francia y España, no aportó tropas, tan solo provisiones, armas, vestimenta, divisas y algunos buques de guerra.    



La emisión de la moneda de los EEUU

 
Ya hemos visto en la entrada del 6 de julio de 2018 que a partir de diciembre de 1913 se ha instalado en los EEUU, un sistema de dinero deuda emitido por un banco central privado, pero… ¿Qué había sucedido hasta entonces?

El primer secretario del Tesoro fue Alexander Hamilton fue un reconocido masón que resultó muy importante en el diseño del sistema financiero del país. Se dice que Alexander Hamilton fue un agente de los Rothschild y que su relación ya estaba afianzada cuando este político fundó un banco privado llamado el Banco de Nueva York en 1784. No resulta extraño que Alexander Hamilton tuviese algún tipo de financiación para lograr crear ese Banco, hay que recordar que tenía solo 27 años, no provenía de las grandes y ricas familias de la zona –había nacido y se había criado en una isla del Caribe, su familia era de pobres recursos y él era un hijo ilegítimo–, aunque cuatro años antes se había casado con una mujer perteneciente a una familia importante que lo podría haber ayudado –dudo que tanto–, además había perdido unos cuantos años participando en la Guerra de la Independencia.

El 8 de febrero de 1791 se aprobó en el Congreso la Ley que creaba el Banco de los Estados Unidos, establecido por Hamilton, tomando como base el nefasto Banco de Inglaterra, que, ya hemos visto en la entrada del 16 de julio, que tenía unos efectos perniciosos para los súbditos británicos. El capital de este banco ascendió a diez millones de dólares y solo un veinte por ciento pertenecía a los EEUU, el resto era privado. En definitiva, la misma ley establecía que era una institución privada y con ánimo de lucro. La familia Rothschild tenía una gran participación en el capital, probablemente lo controlaba. Por supuesto que este Banco tenía el monopolio para emitir dinero y lo hizo a través del nocivo sistema del dinero deuda. Se le otorgó una concesión por veinte años. 

Uno de los grandes críticos de este Banco fue el futuro presidente Thomas Jefferson, que nos dejó la siguiente frase memorable en un discurso: “Yo creo que las entidades financieras son más peligrosas para nuestras libertades que un ejército en armas. Si el pueblo americano permitiera alguna vez que los bancos privados controlasen la emisión de moneda circulante, primero a través de la inflación y luego de la deflación, los bancos y las corporaciones que crecen a su alrededor despojarán al pueblo de toda propiedad hasta que nuestros hijos despierten un día sin hogar y desamparados en el continente que sus padres conquistaron”. Es de reseñar que Alexander Hamilton estaba muy vinculado al otro gran financiero de la revolución y de la época: el tratante de esclavos Robert Morris, que también participó en la elaboración del proyecto de ley.

Un dato curioso respecto a Robert Morris lo da el autor M. Kienholz en su libro: “Los comerciantes del opio y sus mundos: una exposición revisionista de los mayores comerciantes de opio del mundo”. Aquí habla de los buques que participaron en el comercio de opio Turco en China y dice: “Los buques de Filadelfia aludidos –en la exportación de droga– son los pertenecientes a los Wilcocks, Cabot, Hazard, Perit y Robert Morris”.

La creación del Banco de los Estados Unidos estuvo acompañada por el aumento de los impuestos que gravaban a la importación de bebidas alcohólicas y el incremento de los impuestos que gravaban al whisky destilado en las colonias. Estos aumentos eran necesarios para financiar los costes en gastos por servicios financieros que generaría el sistema de dinero deuda que se instalaba. Cuando finalizó la concesión, el Congreso decidió no renovarla –la votación se decidió por el mínimo margen de un voto–. En ese momento, se comprobó que casi el 80 % del capital era extranjero. En esta época Nathan Rothschild ya tenía una influencia considerable en Inglaterra y le estaba prestando dinero a los EEUU y a algunos Estados. Entonces se comenta que amenazó en 1811 con la frase (según el divulgador Luis Ravizza) :  ”O bien la solicitud de renovación de la licencia se aprueba, o los EEUU se encontrarán con una espantosa guerra”. Casualmente, cuando no fue renovada la licencia, los EEUU de hecho se encontraron con otra guerra en 1812 contra Inglaterra. Este enfrentamiento bélico llevó a la inflación y a un endeudamiento público enorme. Esto y la dificultad para recaudar impuestos fueron las razones esgrimidas por el presidente Madison para constituir el segundo Banco de los Estados Unidos en 1816.

Como dato curioso el autor M. Kienholz en su libro ya mencionado también nos habla de Stephen Girard, que casualmente fue uno de los primeros directores de este segundo Banco de los Estados Unidos. Este hombre era un Francés que vivía en Filadelfia y había fundado el banco llamado Girard Bank, que se había destacado en la financiación de la guerra contra Inglaterra de 1812. Kienholz en su libro nos dice que Girard tomó nota de las inmensas posibilidades de enriquecimiento abiertas por la primera expedición comercial a China, lanzada por Robert Morris. Tras el perfil amable de un exitoso comerciante de té y gingseng, Girard se convirtió pronto en uno de los primeros millonarios de los EEUU con un esquema mercantil internacional basado en la venta de opio turco a China y el suministro de armas en los diversos escenarios agitados por la convulsión política. Amasó un gran capital inicial como proveedor de pistolas y látigos a los propietarios franceses de plantaciones en las Antillas, explotadas con el sudor esclavo. Él mismo era dueño de una plantación en Luisiana trabajada por esclavos negros.
El segundo Banco Central nació con un capital de 35 millones de dólares en acciones y nuevamente el gobierno era dueño de solo el 20% del capital e inversionistas privados tenían el resto. También tenía una concesión de 20 años. Era un banco privado y con fines de lucro, al que se le concedía el monopolio de la emisión de la moneda.

El presidente Andrew Jackson –1829 a 1837– fue un acérrimo opositor a este sistema de bancos centrales privados, pues lo consideraba corrupto –lo considero una estafa–. La tensión se desató cuando Jackson quiso cerrar el banco y el presidente de esta institución, Nicholas Biddle, comenzó a utilizar los recursos del banco en contra de Jackson. En 1832 el Congreso aprobó la extensión de la renovación de la concesión y el presidente Jackson la vetó. La batalla se hizo cruenta, Biddle contrajo bruscamente la oferta monetaria, los préstamos antiguos fueron exigidos y los nuevos negados, por tanto, se produjo un pánico financiero seguido de una profunda crisis económica. A pesar de que en un principio todos -empezando por Biddle-, le echaron la culpa a Jackson, finalmente todo fue aclarado y en 1834 el Congreso votó en contra de la renovación de la concesión y el banco quedó paralizado hasta que sucumbió en 1836. Es necesario aclarar que, en 1835, el presidente Jackson logró pagar la última cuota de la deuda nacional, reduciéndola a cero y logrando superávit.



¿Quiénes eran los sujetos pertenecientes a una potencia extranjera que poseían el Banco de los Estados Unidos? En “The history of the Great American Fortunes”, publicado en 1936, el autor Gustavus Myers apuntó: “Bajo la superficie, los Rothschild tienen desde hace tiempo una poderosa influencia en el dictado de las leyes financieras estadounidenses. Los documentos demuestran que ellos eran el poder en el antiguo banco de los Estados Unidos”.

Desde 1836 hasta el inicio de la Guerra Civil, Estados Unidos vivió un periodo sin banca central, a esta etapa se la conoce como la banca libre. El gobierno aprobó la existencia de una gran cantidad de bancos privados, lo que facilitó la competencia y disminuyó las ganancias de los banqueros, aunque también se provocaron numerosas quiebras bancarias.

El presidente Abraham Lincoln desafió los intereses de los Rothschild y el cartel bancario que querían involucrarse en el financiamiento de la Guerra Civil. Rothschild estaba envuelto financieramente en el tráfico de esclavos, y la abolición de la esclavitud le infligía enormes pérdidas a él y a sus socios tenedores de esclavos. Entonces buscó compensar estas pérdidas con los intereses generados en la creación de dinero que le permitiría la posesión del Banco Central del país. Los intereses de estos banqueros tuvieron éxito gracias al trabajo de Salmon P. Chase como secretario del Tesoro. Sin embargo, en cuanto este banco estuvo en funcionamiento, el gobierno de Lincoln se hizo cargo de él y logró financiar la guerra sin el gasto de intereses, ni contrajo deudas. Para el cartel bancario este fue un duro golpe.

El presidente Lincoln autorizó al gobierno a imprimir su propio dinero fiduciario –sin respaldo en oro, solo tenía valor por la confianza en él– de papel. A estos billetes se los conoció como los “Greenbacks”, porque estaban impresos en el dorso con una tinta verde. Eran básicamente recibos en reconocimiento por el trabajo realizado o por los bienes entregados, que podían ser intercambiados por un valor equivalente en bienes o servicios –representaban el valor horas-hombre en vez del oro de los préstamos–. Como resultado, el crecimiento de la economía del país resultó espectacular. Hay que reconocer que, durante la guerra, los “Greenbacks” tuvieron una gran inflación, pero esto era lo esperable debido a las circunstancias bélicas, lo cierto fue que Lincoln ganó la Guerra Civil sin endeudarse, en cambio el gobierno del sur se endeudó con los Rothschild.

Como dato anecdótico vamos a transcribir un artículo publicado en la prensa inglesa –propiedad del cartel bancario, ahora también–, concretamente en el London Time en 1865: “Si esta malvada política financiera, consistente en la creación de dinero por el Estado, que se está llevando a cabo en EEUU, continúa en vigor, al fin podrá emitir su propio dinero sin costarle nada. Tendrá todo el dinero necesario para llevar a cabo su comercio. Pagará todas las deudas y nunca más las contraerá. Norteamérica se convertirá en el país más próspero del mundo, más aún, su prosperidad no tendrá parangón con nada visto hasta hoy. Este gobierno de Lincoln debe ser destruido, o destruirá las monarquías del mundo”.

Si sustituimos las palabras “las monarquías del mundo” por las que debían ser y están ocultas, que es el “cartel bancario”, esta explicación nos estaría abriendo los ojos de cómo estos banqueros nos están estafando con el dinero deuda –ya lo expliqué claramente en mi entrada del 6 de julio–. Por tanto, no hace falta ser muy inteligente para darse cuenta de que la verdadera solución a los problemas financieros de todos los ciudadanos del mundo, sería la eliminación del sistema de bancos centrales privado con el perverso dinero deuda, para cambiarlo por el sistema de bancos de propiedad pública que tengan el monopolio de la emisión del dinero de las naciones.

Lincoln fue asesinado en el teatro, durante su asistencia a una función –1865–, el asesino fue un actor llamado John Wilkes Booth –ver entrada del 6 de julio–. Algunos historiadores creen que fue asesinado con la complicidad de funcionarios del ejército y del gobierno que respaldaban los intereses de la banca.

Vamos a exponer unas frases del Canciller de Alemania, Otto von Bismarck, que también se refiere a esto que sucedió en el gobierno de Lincoln: “Sé con absoluta certeza que la división de los EEUU en federaciones de igual fortaleza, se decidió mucho antes de la Guerra Civil, por parte de los grandes poderes financieros de Europa. Estos banqueros tenían miedo de que los EEUU, si permanecían como bloque y como una sola nación, alcanzarían la independencia financiera y económica, lo que alteraría su dominio financiero sobre Europa y el mundo. Por supuesto que, en el “círculo íntimo” de las finanzas, la voz de Rothschild prevaleció. Ellos vieron la oportunidad para un prodigioso botín si podían colocar a dos democracias débiles, agobiadas por las deudas con los financieros, … en lugar de una vigorosa república que pudiera desenvolverse por si misma. Por lo tanto, enviaron a sus emisarios al campo para explotar la cuestión de la esclavitud y abrir una brecha entre las dos partes de la Unión …La ruptura entre el Norte y el Sur se hizo inevitable, los amos de las finanzas europeas emplearon todas sus fuerzas para lograrlo y usarla en su propio beneficio”. 
 
También expondremos otra frase de Bismarck en 1876: “El gobierno y la nación –de los EEUU–escaparon a las conspiraciones de los financieros extranjeros. Ellos entendieron enseguida que los EEUU escaparían de su agarre. La muerte de Lincoln fue decidida en consecuencia”.



Finalmente, el sistema de los “Greenbacks” fue sustituido por la Ley de Banca Nacional que les dio la posibilidad a los banqueros de crear la oferta monetaria de la nación –otra vuelta a atrás–. Los billetes continuaron impresos por el gobierno, pero eran emitidos a solicitud de los bancos y llevaban el nombre del banco. En su lugar los banqueros debían depositar bonos de los EEUU en el Tesoro, la ventaja era que estos continuaban siendo de su propiedad, pero a cambio ya tenían los billetes. Este sistema funcionó hasta la definitiva traición que supuso la creación de la Reserva Federal en 1913 –ya explicada en la entrada del 6 de julio–.

Hubo muchos reclamos para reinstalar el sistema de “Greenbacks”, incluso en 1878 formaron el “Greenback-Labor Party y obtuvieron más de un millón de votos eligiendo 14 representantes en el Congreso. No fueron capaces de obtener una nueva emisión de esos añorados billetes verdes, pero tuvieron suficiente influencia política para detener una retirada adicional de los existentes en circulación. Los Greenbacks por entonces en circulación –por un valor de casi 347 millones de dólares– se convirtieron en parte permanente de la moneda de la nación.